Paul McCartney es un enigma envuelto en una sonrisa, amado por millones de personas que nunca lo han conocido y detestado por muchos que han trabajado con él. Es un multimillonario que prefiere utilizar el transporte público; un granjero vegetariano que cría ovejas y que se niega a comer nada que tenga rostro; un ciudadano respetuoso de las leyes y un amante padre con un historial en juergas de drogas para su descrédito, y un marido fiel que tiene la oficina en el viejo barrio de las putas del West End londinense. Puede ser alternativamente encantador y arrogante, magnánimo y mezquino, sentimental y desabrido, complaciente y despiadadamente egocéntrico. Fue McCartney quien convirtió a su mujer en una estrella del pop y quien insiste en que sea ella la que lave y planche en casa; quien profesa la más alta estima a su difunto padre y sin embargo no asistió a su funeral. Ha recorrido un largo camino desde la casa de protección oficial de Liverpool en la que empezó todo y que McCartney, a pesar de toda su riqueza y fama, pretende no haber abandonado nunca.
Paul McCartney es una persona de carne y hueso, y como la mayoría de los mortales, tiene su faceta de encantador, pero también su lado odioso. Y es precisamente bajo estas premisas que el único periodista británico al que las autoridades niponas dejaron que entrase en la cárcel donde Paul estuvo encarcelado (por un asunto de marihuana que se le encontró entre sus pertenencias) a comienzos de 1980. El libro está bien documentado; no obstante, Benson, quizá con la intención de escribir un segundo superventas (la primera fue su colaboración en la autobiografía del mítico jugador del Manchester United, George Best), logra descubrir al lector aspectos en la vida de McCartney poco conocidos y en ocasiones demasiado escabrosos.